Novelas cortas

El río de la vida

Era un precioso día de verano y la pequeña Iole se aventuró en el bosque de los castaños. Le gustaba ir de aventura, era una exploradora, y hoy había decidido de llegar hasta el arroyo por jugar con los pies en el agua fresca. El clima era tórrido y pensò de quitarse así el calor de encima. Además el bosque estaba siempre repleto de sorpresas con la ayudarían a matar el aburrimiento, así qué, alegre y despreocupada, se puso en marcha.
Cuando llegó, Iole colgó de una rama su pequeña mochila con la merienda dentro, saludó educada al gran castaño dando las buenas tardes y por un instante se quedó con la nariz hacia arriba, siguiendo el volo de un pajarito que saltaba y cantaba entre las ramas de la cima. El árbol era tan alto que con su sombra fresca protegía del sol el pequeño puente de madera y parte del arroyo.

Iole se puso enseguida en el agua a la búsqueda de piedras preciosa, pero en ese punto el riachuelo era un poco más impetuoso y ella le dijo riendo:
– “Cálmate, detente un poco. Si mueves adagio tus pasos, nacerá un pequeño lago y yo podré encontrar las joyas de guijarros que busco. Además el pajarito que ahora canta sobre aquella rama, seguirá cantando si nosotros jugamos callados aquí.”
El arroyo conmovido escuchó a la niña y frenó su corsa, pero quiso contarle el motivo de tanta prisa, para qué supiera que no habría podido quedarse por mucho tiempo a jugar con ella.
Desde que era muy pequeño, le dijo, deseaba ver el mar y no transcurría día sin que no se prometiese de llegar. Una colina todavía, aquel macizo, una nueva cascad, pero luego las montañas se helaban y el camino se volvía lento y subterráneo. En primavera retomaba la carrera con confianza renovada, en verano los prados se secaban y en otoño volvía el miedo de no poder hacerlo. ¡Era un verdadero estrés!
– “Ahora tengo qué dejarte” – dijo en fin – “Me gustaría quedarme, pero no puedo, el corazón me vuela y el tiempo es poco, corre más rápido de mí, ¿sabes? Este verano llegaré al mar, lo prometo, así qué adiós, pequeña amiga.”
Llegó otro invierno y el riachuelo se dijo que aquello sería el último, porque ya era tiempo. “El mar se alegrará de mí llegada”, pensaba, porque ahora ya no era un insignificante arroyo. Se había hecho grande, todo un río, respetado y honrado, con puentes maravillosos que los humanos utilizaban a menudo para cruzarle.
El invierno y la noche ya no lo intimidaban, no existía obstáculo capaz de refrenar su corsa y también las terribles heladas ya no podían retenerlo. A veces las lluvias lo engordaban así tanto, que lograba conquistar nuevas tierras y muchos poblados, cerca de sus orillas, le tenían respeto por lo qué podía hacer si se enfadaba.
Cada día la meta estaba más cerca y el río soñaba a ojos abiertos el merecido descanso. Si se agudizaba el oído, se le podía oír cantar:

– “El mundo ha sido duro y el viaje demasiado largo,

pero la vida es así, no solo risas, también cambio.

Corro, corro, brinco y salto.

Cuesta abajo sin descanso.

Hacia un nuevo valle o un nuevo día.

Cuánto tiempo ha pasado, ¿quien lo diría?

Pero no me importa, porque yo lo se,

ese mar existe ¡y lo encontré!”

En la primavera siguiente la corsa extenuante por fin acabó, pero el mar no era tan grande cómo lo había imaginado y tampoco tan bello. El arroyo, en su fantasía, lo había dibujado cien veces más amplio y hermoso, pero pronto se dio cuenta que aquello no era un mar, sino un lago alpino. Con cierta nostalgia recordó todos los obstáculos que había tenido que sobrepasar a lo largo del camino y que le habían quitado el aliento y a veces también el coraje. Se preguntó:
– “Tanto esfuerzo, pero ¿para qué? Solo he llegado hasta este lago.”

Suspiró, pero decidió de no entristecerse. Con el corazón lleno de emociones y contemplando encantado la bóveda celeste, recordó todos aquellos saltos, aquellas cascadas y las cien, mil rápidas que había tenido que vencer. Revivió también las largas esperas, aguardando a qué el hielo se derritiera pronto o que la rueda del molino abriese sus puertas o que el rebaño sediento acabase de beber por volver a deslizarse entre los bosques y los prados. ¡Cuántas ciudades había visto y cuánto había vivido! De repente las dificultades pasadas le parecieron pequeñas, porque todas juntas formaban las gotas que lo habían ayudado a ser grande, a crecer. No obstante todo, viejo y cansado, cantó:

– “La vida ahora es mansa y quieta,

pero ¡ahh!, que nostalgia por lo que era!

Aquella chispa, aquella euforia,

y aquella niña que escuchó mi historia,

¿donde están ella y el ensueño de mí gloria?

Cada árbol que desde la orilla me observa adusto

Me inspira un único pensamiento mustio.

Que la juventud ha pasado y sus reflejos iluminados

en mi mente me gritan que mis pies aquí están atrapados.”

 

 

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Novelas cortas

La telefoneada

No fue un sueño. Y tampoco aquellas pocas gotas de valium. Él me llamó de verdad. Una telefoneada larga y ancha, que tocó los temas más disparatados.
Ambos convenimos que era cómo conocerse desde mucho y nos gustó esa sinceridad ingenua, el lazo invisible que parecía unirnos y la extraña sensación de intimidad profunda. Sin embargo lo qué no le dije fue que a mí también me dio miedo y que pensaba fuese una pésima idea mantener el contacto. Pero en aquel entonces nos pareció la única cosa que se pudiese hacer, la sola cosa capaz de rellenar un fragmento de tiempo antes del adiós definitivo.
Ahora yo estaba allí, escuchándole, pero habría podido estar en cualquier otro lugar: no había realmente nada que me atase a la conversación, a él o a ese sitio.
Me habló de una novia suya, una chica con la cuál había estado por un mes y ahora, que se había acabado el “gran amor”, me llamaba para confesarse. Yo esperaba, ¡dios mio cómo esperaba! Estúpida y aturdida por el valium, le escuchaba contarme los pros y los contras de su relación con una chica que de repente envidiaba, odiaba y que de todas formas no conocía. Le consolé cuando vino el momento, le reproché cuando sus palabras lo merecían y callé cuando con lenta monotonía describió su comportamiento y también el de ella. Hablaba sin frenos, larga y detenidamente: ríos de áridas palabras que no conseguían mojarme, al contrario de las lágrimas que a veces me picaban los ojos, goteando sobre mi camiseta. No las retenía, pero me tapaba la boca para que él no escuchase mi respiración llorosa. No sentía dolor y tampoco sabía explicarme el por qué de tanta aflicción.
Después de un largo periodo de tiempo estable, siempre viene una tormenta. El motivo es ignoto. En el corazón aún permanece la esperanza de nuevas excursiones y los ojos siguen viendo los colores vivos de los días asolados, pero en realidad la tormenta lo ha cambiado todo, el mes ya se ha echado a perder, la estación ya se ha acabado y tal vez se haya desperdiciado todo un año. De igual manera yo recordaba muy bien ciertos días juntos, ciertas alegrías, mientras que de manera inexplicable no lograba retener las palabras que ahora me decía o encontrar alguna relevancia. Puede que el valium me ayudase a mantenerme distante.
Cuando él dejaba espacio, yo rellenaba el silencio con cortos relatos de mi vida. Eran los recortes de lo qué había vivido o de lo qué estaba viviendo en estos días. Mi vida en recortes, que tiraba en el pozo oscuro de la red inalámbrica casi por desahogo y a veces por provocación.
Fue el juego de una noche, uno de los que acaban a las primeras horas de luz del día siguiente. Pero ambos cometimos un error que se transformó en una semilla tan pequeña de no despertar ninguna alarma. Ya había crecido cómo un roble cuando decidimos de colgar. ¿Nos hizo olvidar que las palabras dichas en una noche de nostalgia no tienen importancia?
Uno de los dos habría tenido que ser audaz y valiente por pedir algo más, pero pretender demasiado nunca es fácil y en la vida se precisa tener siempre algo simple, algo que no sea tan complicado, algo deslumbrante y verdadero que no ayude cuando todo se viene abajo.
A veces una cosa insignificante, una pequeñez, se derrumba y destruye lo qué se ha construido con empeño y paciencia.
A veces algo increíblemente lejano está muy cerca y también existe lo contrario, pero de todas formas siempre se sufre.
A veces uno quisiera que todo ocurriese más a menudo y que no fuese necesario repetir “a veces”.
Llegó la sequía y la conversación se quedó completamente árida.
– “Llámame si necesitas hablar, llámame a cualquier hora.” – me dijo antes de desconectarse.
Le contesté que sí y que él no dudase en hacer lo mismo. Una vez más intentaba ser una amiga y agarraba fuerte el lazo que nos amordazaba, más que unirnos. Me sentía sofocar por esa intimidad profunda que de repente había entrado en mi vida recién restaurada y me ahogada en el mar de nuestra nueva sinceridad falsa, que sola la conexión inalámbrica puede permitir entre dos puntos lejanos del globo terrestre.
A veces uno se enamora de verdad, con cuerpo y alma. A veces no y todo se queda en una telefoneada.

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Novelas cortas

El Violín

Volviendo sobre sus pasos, del paseo que cada mañana le tenía ocupado una hora buena, su pensamiento voló al viejo baúl que custodiaba en la buhardilla de su casa. Se trataba de uno de esos equipajes de antaño, completamente caídos en desuso por su tamaño y peso, pero que el hombre atesoraba con cariño por contener sus recuerdos más apreciados. Lo llamaban “el profesor”, porque a veces y sin darse cuenta hablaba en alemán y en latín y tras un vaso o dos de vino, cuestionaba sobre las escrituras sagradas y Shopenahauer. Había enseñado por seis décadas en el colegio privado de Santa Teresa y lo habían jubilado a esfuerzo, porque él habría querido seguir trabajando hasta el último de sus días.

El viejo baúl era su cofre del tesoro, porque lo había ido llenando y saturando de todo tipo de objeto. Se trataba de trastos inútiles y sin valor, que pero representaban los recuerdos de toda su vida, acumulados despacio y queridos, aunque ya no sirviesen al vivir cotidiano. Sin embargo por el profesor tenían un valor inestimable y ese día volvió a percibir la urgencia de hurgar en su pasado. Le ocurría a veces de tener unas ganas repentinas e irrefrenables de subir hasta la buhardilla por mirar dentro de su cofre y era capaz de perder horas enteras en revisar su contenido. Así que cuando regresó de su paseo, se fue directo a las escaleras y, soplando y bufando a cada escalón, logró llegar hasta el polvoriento desván. Allí cogió un taburete que había pertenecido a su hijo, cuando aún era un niño, y lo arrastró para poder sentar delante del cofre. Se dejó caer encima pesadamente y con cierta aprensión verificó que pudiese mantener su peso antes de abrir el baúl. Cuando lo hizo, vio sus manos temblar y por un instante fijó la atención sobre una de las manchas oscuras que cubrían su piel. También el cofre tenía manchas por doquiera, no todas eran de moho, y significaba que los dos eran viejos, tenía que admitirlo una vez para todas.
El haz de luz, que filtraba por la mañana a través de la claraboya del techo, iluminaba el pestillo del baúl y cuando lo abrió, un rayo de sol golpeó las cuerdas del violín, cegándolo por un segundo.

El profesor se frotó los ojos antes de coger con manos trémulas el arco y la emoción aceleró su cansado corazón más de lo aconsejado por el médico. Su salud ya no era buena y a cada control el doctor le repetía de evitar cualquier esfuerzo. Por lo general el profesor ejecutaba a pie de la letra las prescripciones médicas, pero había momentos cómo aquello, donde le era absolutamente imposible controlarse, porque el pasado y más que una añoranza eran voces insistentes en su interior.
Se contuvo todo lo qué pudo, retrasando el placer sublime de tocar la madera del instrumento, incluso se levantó por tomar tiempo y encender la pequeña bombilla desnuda que colgaba desde una viga.

La luz eléctrica, de la potencia de quince velas, iluminó la buhardilla polvorienta, luchando contra la luz natural por conquistar su espacio y penetrar hasta el fondo del baúl, situado en una esquina. El profesor empezó a vaciarlo y mano a mano el fondo resultaba más hondo, oscuro y cavernoso. Casi le daba miedo hundir las manos en esas profundidades, pero los tesoros que emergían eran tan deslumbrantes de empujarlo a seguir.
Lo primero que extrajo fu un añoso foulard tradicional japones, el regalo de un amante que había intentado cambiarle la vida. Las cosas no habían funcionado, porque no es fácil transformarse en virtud de alguien y sobretodo dejar la sensación de poder sobre nuestra existencia, que todos tenemos y que nos hace creer de ser los dueños indiscutibles de nuestras vidas.
El profesor no había cambiado nunca y aún hoy en día seguía sosteniendo que uno tuviese que ser amado por lo qué era, sin necesidad de cambiar, aunque fuera un tonto o hiciera cosas reprochables. Sin embargo, ahora que había descubierto la verdad, solo le quedaba ese antiguo pañuelo y desteñidos recuerdos.
Volvió a sumergir las manos y procuró reconocer los objetos del fondo oscuro solo con el tacto. Reconoció unas canicas que él tenía desde pequeño y que nunca dejó que su hijo jugara con ellas; tres cuadernos de su época escolar; una agenda con la cubierta mohosa, donde había apuntado sus notas durante un viaje a París; un pequeño álbum de fotos lleno de rostros jóvenes, pertenecientes a personas que no se recordaban de él y una pequeña caja finemente cincelada, que contenía los anillos de oro de su boda y el documento de su divorcio, enrollado en una goma elástica con los bordes agrietados por haber envejecido a su lado.

La explicación que todos sabían era que ella se hubiese marchado con un otro, pero la verdad era diferente y él lo sabía.
Dejó la caja en el fondo, no quiso que el papel viese la luz, pero la memoria lo raptó de todas forma por llevarlo donde él nunca deseaba estar.
La firme confianza de tener éxito en algo, así cómo la voluntad tenaz, no son suficientes por realizar nuestras metas. Se precisa de un esfuerzo constante y de mucho sacrificio y su matrimonio, cómo muchas otras cosas, también había acabado por la ausencia de ese empeño. Había creído que un día le habría venido natural y espontáneo involucrarse totalmente en el amor y en su familia, y cómo con el violín, había experimentado arrebatos repentinos, percibidos anhelos intensos capaces de convencerlo y llenarlo de optimismo. Pero todo había sido efímero, a corto plazo; unas semanas, unos meses, raras veces había llegado al año y luego la vida retomaba su curso normal y él empleaba sus energías en el trabajo o en nuevas aficiones. Su mujer, su hijo y los amigos siempre los había relegados al tempo libre, que pero nunca había sido mucho y cuando todo acabó en divorcio, el profesor había pensado de poder reanudar los hilos con su amor japonés, con el cuál aún mantenía una relación en olor de amistad. No lo consiguió, porque él no había cambiado y siguió su vida tal y cuál.
Por fin cogió el violín, lo limpió con un trapo de lana y extremo cuidado, luego lo mantuvo en el regazo, observando sus lineas con detenimiento.
Había sido el regalo imprevisto de un colega, pero nunca había aprendido a tocarlo.
En aquel tiempo aún era joven y fuerte, y como todos los de su edad se había sentido exuberante, pero también lleno de cierta jactancia que había alejado a muchos e irritado a otros.
Con ese regalo, el colega de universidad, había querido ponerle un reto por refrenar su engreída presunción. Se lo había buscado, afirmando a menudo de poder aprender a tocar cualquiera instrumento se propusiese. Habían querido darle una lección, que él aún recordaba con amargura, porque sus manos, tan hábiles sobre las cuerdas de una guitarra, no habían sabido encontrar la justa posición sobre las del violín. Su ignorancia había acabado por fastidiarle y no se podía decir que no lo hubiese intentado, porque había ensayado sin descanso, leído y hasta tomado algunas clases, pero los resultados fueron tan decepcionantes que lo desalentaron. Al final lo dejó y en aquel entonces no quiso analizar su fracaso o admitir de haberse equivocado. En su fantasía, él y el violín habrían estado inseparables, pero la excusa de los examines inminentes le salvó y todo el asunto cayó en el olvido. El estuche y su valioso instrumento acabaron sobre el mueble de su cuarto de estudiante hasta el final de los estudios y desde allí arriba, su fracaso lo persiguió produciéndole siempre la misma reacción irritante.
Sentado ahora en su buhardilla, consideró que en su vida nada había ocurrido así por así, únicamente porque lo hubiese deseado fuertemente. Había perdido al amor de su vida, a su mujer, a su hijo, a los pocos amigos y siempre por ese temor de involucrarse demasiado y cambiar, de empeñarse a fondo y sufrir. Sin embargo, pese a todas sus precauciones, ahora no estaba mejor y sus miedos aún le perseguían y atormentaban.
Colocó el violín bajo la barbilla y adoptó la posición correcta con la debida deferencia. Respiró hondo un par de veces, apoyó el arco sobre las cuerdas, lo inclinó correctamente y cerró los ojos antes de deslizarlo hacia bajo.

Todo acabó con aquella única nota, luego recuperó el estuche y volvió a guardar el violín dentro al cofre junto a todos los otros objetos que había sacado.
La mañana se había consumido así, sin que él se hubiese percatado del transcurso del tiempo y cuando bajó las escaleras sonrió por sus adentros de su arrogancia. Una vez más había supuesto que todo se pudiese realizar con simplicidad, que la tristeza que llevaba en su corazón pudiese crear un momento, aunque único; que tan solo expresando una nota solitaria, pero correcta, mágica y quizás irrepetible, pudiese narrar toda su verdad, la qué el mismo no quería escuchar. Pero no: la nota que salió del violín fue estridente a igual de cómo había sido toda su vida.

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Novelas cortas

¡Un maravilloso día de escuela!

¡Odio ir a la escuela!, porque me cuesta levantarme temprano y tener que sentar toda la mañana por escuchar el maestro, mientras los ojos se me cierran, la mente no quiere despertar y todo el cuerpo reclama la placidez del sueño.
Normalmente el aburrimiento me vuelve perezosa el alma y observo el reloj, contando los minutos que faltan por el recreo, pero hoy todo ha sido distinto. Un día distinto y especial, porque se ha inundado una parte de la escuela. El fuerte temporal nocturno ha dejado el aula inservible y confieso que me he sentido un tanto culpable, pero… ¡vamos! ¿Quién no ha soñado alguna vez que un cataclismo, un terremoto o una borrasca no tirasen abajo el colegio?
El maestro no tuvo más remedio que llevarnos en la parte vieja del edificio, la qué viene prohibida a los alumnos y donde algunos compañeros míos juran haber visto fantasmas. De todos modos, al principio fue divertido.

Nos acomodamos en una gran habitación en desuso, ocupando sillas demasiado duras por nuestras tiernas nalgas y apoyando los codos sobre bancos de madera, pesados y polvorientos. Cohibidos por el lugar un tanto siniestro y por el silencio antinatural, en un día de escuela, mirábamos alrededor con los ojos bien abiertos, contando la telarañas y esperando de ver al inverosímil saltar fuera de su escondite.

Estoy seguro de qué más de uno de mis compañeros, en los años siguientes, jurará de haber visto algún espectro cubierto de sábanas blancas o de haber oído el ruido de cadenas arrastradas por los pasillos. Os aseguro que no ocurrió nada de tan divertido y tampoco de tan teatral, pero puedo afirmar que algo pasó de verdad.

La rutina escolar retomó su curso demasiado pronto, sobretodo cuando el maestro se sacó de la manga una prueba de gramática y exigió una relación escrita de dos paginas cómo mínimo. La petición nos pareció una verdadera injusticia, dos páginas era mucho trabajo, aunque se trataba de escribir sobre un día divertido de nuestra vida.
– “Bueno, no será tan difícil.” – me dije, porque por lo general me suelen suceder muchas cosas a lo largo del día, sobretodo después de merendar, qué es cuando bajo a los jardines detrás de mi casa por jugar con mis amigos. Sin embargo, por alguna razón desconocida, me quedé con la mente completamente en blanco y por buena parte de la mañana miré la pagina de mi cuaderno sin que se me ocurriese algo de divertido o de interesante para escribir.
Empecé a preocuparme y con mano nerviosa emprendí a garabatear mi nombre sobre el banco de madera. La punta del bolígrafo se hundía en la tabla consumida cómo un cuchillo caliente en la mantequilla y habría seguramente continuado a perder así el tiempo, si de repente una voz no me hubiese asustado. Raudo levanté la mirada, creyendo que el maestro me hubiese descubierto y me estuviese reprochando por el vandalismo que estaba cometiendo. Pero él estaba en el umbral de la estancia, quejándose con el conserje por el inconveniente causado por la tormenta y el estado deplorable de suciedad de esta parte del colegio.
Agaché la cabeza y levanté los hombros para esconder un poquito mejor mis movimientos. Luego, evitando de atraer la atención, me giré a derecha y a izquierda por verificar cuál compañero de clase hubiese hablado.
Me parecieron todos muy concentrados: por lo visto tenían algo que contar, a diferencia de mí, así qué retomé a garabatear mi nombre, pensando de haber imaginado. Al poco rato la misma voz me interrumpió una vez más y comprendí que provenía desde mi banco.
– “¡Para de perder el tiempo y escribe tu relación, tontorrón!” – me gritó.
Volví a girarme hacia mis compañeros, convencido que esta vez todos hubieran escuchado la misma voz, pero únicamente crucé la mirada con la del maestro, que levantó una ceja cómo era su costumbre hacer por instigar sus alumnos a la compostura.
Despacio investigué mi banco, de lado y por debajo de él, pero allí no había nada en absoluto.
– “Estoy aquí.” – dijo la voz displicente – “Me parece qué a este ritmo no podrás acabar con la prueba”.
– “¿Quién eres?” – susurré nervioso al aire delante de mí.
– “¿¡No me digas que ahora te intereso!? Ya sé que sólo quieres algo para distraerte. A estas alturas me considero un experto de asnos, ¿sabes?”
– “Yo no soy un asno.” – contesté un tanto picado, pero volví a preguntar quién fuese el dueño de la voz y la respuesta no se hizo esperar.
– “Antaño era un árbol frondoso, fuerte, alto y grande cómo ninguno. Todo se extendía a mis pies: la pradera lejana, la arboleda de castaños, el riachuelo y el panorama resultaba pequeño en mi comparación. Transcurría los días en la paz más absoluta y mis raíces se hundían en la profundidades recónditas de un monte muy lejano de aquí. Era superbo, creía de ser el rey del bosque y todos se detenían por admirarme. Algunos se hacían fotografiar a mi lado, otros descansaban un poco a la sombra de mis ramas y también hubo algún asno cómo tu que garabateó su nombre en mi corteza. De todas formas, humano o animal que fuese, antes de marcharse volvía la mirada en alto por ver mi cima ondear en el viento y siempre, cualquiera fuese su forma de expresarse, tenía palabras o gruñidos de elogio para mí. Yo, orgulloso y satisfecho, dominaba el valle y hasta creía de poder un día sobrepasar la cumbre del mismísimo monte.

Una mañana me despertó un alboroto de voces y me vi arrodeado de muchos hombres armados de sus utensilios. Comprendí enseguida que no habían escalado la ladera de la montaña por el gusto de verme, por gozar de mi sombra o para elogiar mi estatura y belleza.

Giraron alrededor de mi tronco y me midieron, sacudiendo la cabeza cómo a un funeral. Mis pequeños huéspedes, que vivían entre mis ramas y mis raíces, se escondieron en nidos y madrigueras, pero un valiente pajarito voló hasta mi oído para susurrarme de haber escuchado a los hombres afirmar que yo era demasiado grande y que estaba sofocando a las otras plantas. Ahimè, querían abatirme y temblé cómo un débil junco recién nacido.”

Con la nariz pegada a la hoja de mi relación, aún en blanco, esperé a qué la voz continuara, pero transcurrió un tiempo tan largo que creí que la historia hubiese acabado. Así qué me acomodé mejor sobre la dura silla, empuñé el bolígrafo con la seria intención de retomar mi tarea de gramática y estaba para escribir la primera palabra, cuando un suspiro lloroso me interrumpió. Dejé el bolígrafo de inmediato y apoyé la barbilla sobre el banquillo, mientras la voz exhalaba:
– “Vinieron con palas y herramientas. Vinieron armados y vinieron en cantidad. Me resistí, obviamente, y por días no pudieron arrancarme, porque yo era fuerte, pero la lucha era desigual y al final lograron sacar mis raíces de la tierra para dejarlas secar al sol. ¡Oh, que día nefasto fue aquello! No sé decir cuánto tiempo pasó antes que alguien se recordase de mí, pero volvieron y me cortaron en piezas que luego hicieron deslizar hasta el fondo del valle. Aún oigo la mofa de los demás, arboles que desde siempre me habían envidiado y que ahora se reían de mí, mientras me llevaban lejos, hacia la ciudad. Una vez allí, me redujeron en planchas planas y largas, luego un hombre me compró y me llevó a un aserradero, donde transformaron todas mis piezas en lo que después dijeron ser bancos escolares. Están todas aquí, pero tengo que confesarte que, no obstante haya sido olvidado en esta habitación mugrienta, a veces me siento igualmente feliz. Estoy al resguardo de las tormentas, del frío intenso de los inviernos de montaña y puedo aprender muchas cosas junto a mis nuevos y pequeños huéspedes. Mi propósito solo ha cambiado y si no es mucho pedir, me gustaría que un día, cuando hayas acabado con las pruebas de gramática y seas un poco mayor, tú pudieras subir ese monte por contemplar el vacío que he dejado y escuchar las ramas de los arboles que aún siguen allí. Puede que te hablen de algo que se ha ido o qué sólo te pregunten donde estoy.
Por favor, tú diles que soy feliz.”
Asentí con la cabeza con fuerza, agudicé el oído por estar seguro de qué aquello fuera todo y en efecto mi banquillo volvió a su impasible mutismo. Cuando lancé una ojeada al reloj, colgado a la pared de la estancia, me di cuenta de haber perdido mucho tiempo, pero me sentí inspirado cómo nunca y escribí mi mejor relato sobre un lugar que aún no he visitado, sobre un día especial que me está esperando en futuro, en la montaña.

 

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