Novelas cortas

El río de la vida

Desde que era un río pequeño aspiraba llegar al lago y cada vez me decía que sería tras aquella piedra, aquel salto.

Las montañas se helaban, las praderas se secaban y el miedo asechaba, pero yo siempre confiaba que el lago estaría feliz de mi llegada.

Ahora soy un río grande y la meta se acerca. El invierno y la noche ya no me intimidan y no hay roca o barranco que puedan refrenarme.

Sueño a ojos abiertos el merecido descanso, ya que el mundo ha sido duro y el viaje demasiado largo.

Corro, corro y brinco, un último esfuerzo, dijo, y cuesta abajo hacia un nuevo valle o un nuevo salto.

Cuánto tiempo ha pasado yo no se, pero aquel lago existe y por fin lo encontré. No era tan grande cómo lo había imaginado y tampoco muy hermoso, mi fantasía lo dibujó cien veces más amplio y precioso.

Con nostalgia pienso a aquellas piedras en mi camino, al aliento que faltaba y al coraje que menguaba bajo la bóveda estrellada.

La vida ahora es mansa y quieta. ¡Ahh, que nostalgia por lo que yo era!

 

 

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Novelas cortas

La telefoneada

No fue un sueño. Y tampoco aquellas pocas gotas de valium. Él me llamó de verdad. Una telefoneada larga y ancha, que tocó los temas más disparatados.
Convenimos ambos que era cómo conocerse desde mucho y nos gustó esa sinceridad ingenua, el lazo invisible que parecía unirnos y la extraña sensación de intimidad profunda. Sin embargo lo qué no le dije fue que a mí, también me dio miedo y que pensaba fuese una pésima idea mantener este contacto. Pero en aquel entonces nos pareció la única cosa que se pudiese hacer, la sola cosa capaz de rellenar un fragmento de tiempo antes del adiós.
Ahora yo estaba allí, escuchándole, pero habría podido estar en cualquier otro lugar: no había realmente nada que me atase a la conversación, a él o a ese sitio.
Me habló de una novia suya, una chica con la cuál había estado por un mes y ahora que se había acabado el “gran amor”, me llamaba por confesarse. Yo esperaba, ¡dios mio cómo esperaba! Estúpida y aturdida por el valium, le escuchaba contarme los pros y los contra de su relación con una chica que de repente envidiaba, odiaba y que de todas formas no conocía. Le consolé cuando pareció el momento, le reproché cuando sus palabras lo merecían y callé cuando con lenta monotonía describió su comportamiento y también el de ella. Hablaba sin frenos, por largo rato, detenidamente: ríos de áridas palabras que no conseguían mojarme, al contrario de las lágrimas que a veces me picaban los ojos, goteando sobre mi camiseta. No las retenía, pese a qué me tapaba la boca para que él no escuchase mi respiración llorosa, pero no sentía dolor y tampoco sabía explicarme exactamente el por qué de tanta aflicción.
Después de un largo periodo de tiempo estable, siempre viene la tormenta. El motivo es ignoto. En los ojos se mantiene la esperanza de nuevas excursiones y los colores vivos de los días asolados, pero el mes ya se ha echado a perder, la estación ya se ha acabado y tal vez se haya desperdiciado todo el año. El motivo sigue oscuro, así cómo inexplicablemente yo tampoco lograba retener sus palabras. Al poco rato no recordaba cosa hubiese dicho o si tuviese alguna relevancia. Puede que el valium me ayudase a mantenerme distante.
Cuando él dejaba espacio, yo rellenaba el silencio con cortos relatos de mi vida también: los recortes de lo qué había vivido o de lo qué estaba viviendo en estos días. Mi vida en recortes, que tiraba en el pozo oscuro de la red inalámbrica casi por desahogo o a veces por provocación.
Fue el juego de una noche, uno de los que acaban a las primeras horas de luz del día siguiente. Pero ambos cometimos un error y esta semilla, tan pequeña, ya había crecido cómo un roble a nuestro alrededor cuando decidimos de colgar. ¿Hemos olvidado que no tenía importancia?
Uno de los dos habría tenido que ser audaz y valiente por pedir algo más, pero pretender demasiado nunca es fácil. Muchas cosas ignoramos y en la vida se precisa tener siempre algo claro, deslumbrante, increíblemente verdadero.
A veces una cosa insignificante, una pequeñez, derrumba y destruye lo qué se ha construido con empeño y paciencia.
A veces algo muy lejano está inverosímilmente cerca y por lo contrario, existen cosas muy cercanas que no pueden ser diferente al distante. De todas formas siempre se sufre.
A veces uno quisiera que todo ocurriese más a menudo y que no fuese necesario repetir “a veces”.
Poco a poco llegó la sequía y la conversación se quedó completamente árida.
– “Llámame si necesitas hablar, llámame a cualquier hora.” – me dijo antes de desconectarse.
Le contesté que sí, que no lo dudase él también. Una vez más intentaba ser una amiga, agarrando fuerte el lazo que nos amordazaba más que unirnos, sofocada por la intimidad profunda que se había compartido en un corto lapso de tiempo de nuestras pequeñas existencias y ahogada en el mar de la sinceridad falsa de una conexión entre dos puntos lejanos en el globo terrestre.
A veces uno se enamora de verdad, con el cuerpo y toda su alma. A veces no y todo se queda en una telefoneada.

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Novelas cortas

El Violín

Volviendo sobre sus pasos, del paseo que cada mañana le tenía ocupado una hora buena, el pensamiento del viejo profesor voló a su viejo baúl, custodiado en la buhardilla de su casa. Se trataba de uno de esos equipajes de antaño, completamente caídos en desuso por su tamaño y su peso, pero el profesor, jubilado a esfuerzo de la escuela después de seis décadas de enseñanza, seguía guardándolo cómo si fuese un cofre lleno de tesoros. Y en realidad así era, porque el baúl, a lo largo de tantos años, se había ido saturando de todo tipo de objeto. Sin embargo estos trastos inútiles significaban por él los recuerdos de toda una vida, acumulados despacio, queridos, aunque a lo mejor no necesarios al vivir cotidiano, y tenían un valor inestimable.
Ese día, al igual que le ocurría de vez en cuando, le vinieron unas ganas repentinas de volver a mirar el contenido de su apreciado cofre y cuando regresó de su paseo, se fue directo por las escaleras, soplando y bufando a cada escalón, hasta que no llegó al polvoriento desván. Allí cogió un taburete, que había sido de su hijo cuando era un niño, y lo arrastró delante del cofre. Se sentó pesadamente y con ansia y aprensión, cómo fuera aquella su primera vez, abrió el baúl.
El haz de luz que filtraba por la mañana a través de la claraboya en el techo, golpeó al instante las cuerdas del violín y lo cegó por un segundo. El profesor se frotó los ojos antes de coger con manos trémulas el arco y la emoción esforzó su cansado corazón más de lo aconsejado por su médico. Su salud ya no era buena y el doctor le repetía, a cada control, de evitar las fuertes emociones, así cómo los grandes esfuerzos, a causa de sus recentes problemas cardiacos. Por lo general el profesor ejecutaba a pie de la letra las prescripciones médicas, pero había momentos cómo aquello, donde le era absolutamente imposible detenerse: el pasado y más que una añoranza eran voces insistentes en su interior.
Se contuvo cuanto pudo, retrasando el instante sublime en el cuál volvería a percibir la madera del instrumento bajo su contacto, y se levantó por encender la pequeña bombilla desnuda que colgaba desde una viga. La luz eléctrica, de la potencia de vente velas, iluminó la buhardilla polvorienta, luchando con la luz natural por conquistar su espacio y penetrar hasta el fondo del baúl, situado exactamente por debajo. Despacio, empezó a vaciarlo y mano a mano el fondo resultaba más hondo y cavernoso: daba casi miedo hundir las manos en esas profundidades, pero los tesoros que emergían eran deslumbrantes.
Lo primero que extrajo fu un añoso foulard tradicional japones, el regalo de un amante que había intentado cambiarle. Las cosas no habían funcionado, porque no es fácil transformarse en virtud de otros, dejando esa sensación de poder que tenemos todos sobre nuestra existencia que nos hace realmente creer de ser los dueños indiscutibles de nuestras vidas.
Él no había podido dejarlo atrás. Siempre había argumentado que uno tiene que ser amado por lo qué es, sin necesidad de cambiar, aunque se porte cómo un verdadero capullo a veces y ahora que había descubierto la verdad, le quedaba únicamente ese antiguo pañuelo.
Volvió a sumergir las manos y sólo con el tacto, procuró reconocer los objetos del fondo oscuro. Unas canicas que él tenía desde pequeño y que nunca quiso dejar en las manos de su hijo para que jugara con ellas; tres cuadernos de su época escolar; una agenda con la cubierta mohosa, donde había apuntado sus notas durante un viaje a París; un pequeño álbum de fotos lleno de rostros jóvenes, pertenecientes a personas que él recordaba a esfuerzo, de su periodo del conservatorio; la pequeña caja de madera, con los anillos de oro de la boda, que testimoniaba el penoso desenlace de su matrimonio y el documento de su divorcio, enrollado con una goma elástica, que tenía los bordes amarillentos por haber envejecido a su lado.
La explicación que todos sabían era que ella se había marchado con un otro, pero la verdad era diferente y él lo sabía.
Dejó la caja en el fondo y no quiso que el papel viese la luz, pero su memoria lo atrapó, llevándole donde él no deseaba nunca estar.
La firme confianza de tener éxito en algo, así cómo la voluntad tenaz, no son suficientes por realizar nuestras metas. Se precisa de un esfuerzo constante y de mucho sacrificio. También su matrimonio había acabado por la ausencia de ese empeño. Había creído que un día le habría venido natural y espontáneo involucrarse totalmente en el amor y en su familia, y propio cómo con el violín, había experimentado arrebatos repentinos, percibidos anhelos intensos y había convencido a sí mismo con perspectivas optimistas por el futuro. Pero todo había sido efímero, a corto plazo: unas semanas, raras veces legaba a un mes. Luego su vida retomaba su curso normal y él empleaba sus energías en el trabajo o en sus aficiones. La familia, su mujer y el violín venían relegados al tempo libre, que nunca era mucho.
Cuando su mujer le había abandonado, el profesor había intentado reanudar los hilos con su viejo amor japones, del cuál en todos estos años había mantenido una relación a distancia en olor de amistad, pero no había conseguido nada.
Él no había cambiado y aún seguía intencionado a permanecer tal y cuál.
Por fin cogió el violín y lo mantuvo con extremo cuidado en su regazo, observando sus lineas con detenimiento.
Había sido el regalo del todo imprevisto de un amigo, durante la academia, y nunca había aprendido a tocarlo.
En esa época se había sentido fuerte y exuberante, cómo todos los jóvenes, pero con una jactancia que había alejado a muchos e irritado a otros.
Su amigo había querido ponerle un reto por frenar su engreída presunción. Se lo había buscado, afirmando a menudo de ser capaz de poder tocar cualquiera instrumento se propusiese. El amigo no se había dejado escapar la ocasión de impartirle una lección.
Sus manos, hábiles sobre las cuerdas de la guitarra, no habían sabido encontrar la justa posición sobre las del violín y su ignorancia había acabado por fastidiarle bastante. En los meses siguientes había ensayado sin descanso, leído, consultado su profesor y hasta tomado unas cuantas clases, pero los resultados habían sido decepcionantes y desalentadores.
En aquel entonces no quiso analizar su fracaso, no quiso asumir de haberse equivocado desmesuradamente y tampoco quiso renunciar a su fantasía, un tanto romántica, de él y su violín, inseparables, durante el resto de su vida. Con la excusa de los examines inminentes, el estuche con su valioso instrumento habían acabado sobre el mueble de su cuarto y por todo el tiempo de la academia, allí arriba habían permanecidos.
A veces había lanzado miradas nostálgicas hacia el armario, pero el recuerdo del último arañazo sobre las cuerdas del instrumento le había perseguido cómo cosa viva, produciéndole la misma reacción irritante.
Sentado en su buhardilla, ahora, consideró que en su vida nada había ocurrido así por así, únicamente porque lo hubiese fuertemente deseado. Había perdido al amor de su vida, a su mujer, su hijo, a los pocos amigos y siempre por ese temor de involucrarse demasiado, de entregarse a otro por el terror de cambiar, de empeñarse y sufrir. Miedos y temores que, a pesar de todas sus precauciones, ahora no le hacían sentir mejor. Todo lo contrario.
Colocó el violín bajo la barbilla y con deferencia adoptó al posición correcta. Respiró hondo un par de veces, apoyó el arco sobre las cuerdas, lo inclinó, cerró los ojos y lentamente lo deslizó hacia bajo. Todo acabó con aquella única nota.
Recuperó el estuche y volvió a rellenar el cofre de todos los objetos que había sacado.
La mañana se había consumido así, sin que él se hubiese dado cuenta, y cuando bajó las escaleras sonrió por sus adentros: una vez más había supuesto que todo pudiese realizarse con simplicidad. Se había imaginado de poder transmitir la tristeza que llevaba en su corazón a través del violín, por crear un momento, aunque único y tan sólo expresado por en una nota solitaria, pero mágica, quizás irrepetible, pero verdadera. Y no: la nota que salió del instrumento fue estridente cómo había sido toda su vida.

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